La Industria del Holocausto: Fraudes, Mercachifles e Historia

La Industria del Holocausto: Fraudes, Mercachifles e Historia
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“La conciencia del Holocausto” – según la observación del respetado escritor israelí Boas Evron – es, en realidad, “un adoctrinamiento propagandístico oficial, una agitación de consignas y una falsa visión del mundo, cuyo verdadero objetivo no es en absoluto una comprensión del pasado sino una manipulación del presente.” En si mismo y por si mismo, el holocausto nazi no sirve a ninguna agenda política en particular. Con la misma facilidad puede motivar disenso como apoyo frente a la política israelí. Sin embargo, refractada a través de un prisma ideológico, “la memoria del exterminio nazi” ha venido a ser – en las palabras de Evron – “una poderosa herramienta en las manos de la dirigencia israelí y los judíos del extranjero”[63] El holocausto nazi se convirtió así en El Holocausto.

Hay dos dogmas centrales que sostienen la estructura del Holocausto: (1) El Holocausto marca categóricamente un hecho histórico único; y (2) El Holocausto marca la culminación del odio irracional, eterno, de los gentiles hacia los judíos. Ninguno de estos dogmas figuró en absoluto en los discursos públicos antes de la guerra de Junio de 1967 y, si bien se convirtieron en la pieza central de la literatura sobre El Holocausto, ninguno de los dos figura para nada en los trabajos académicos genuinos sobre el holocausto nazi. [64] Por el otro lado, ambos dogmas tocan importantes fibras del judaísmo y del sionismo.

En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, el holocausto nazi no se presentó como un hecho únicamente judío – y menos aún como algo históricamente único. En particular, la judería norteamericana organizada realizó grandes esfuerzos por colocarlo dentro de un contexto universalista. Sin embargo, después de la guerra de Junio, la Solución Final nazi fue radicalmente reformulada. “El primer y más importante alegato que emergió de la guerra de 1967 convirtiéndose en emblemático del judaísmo norteamericano”, recuerda Jacob Neusner, fue que “el Holocausto . . . era algo único, sin parangón, en la Historia humana.”[65] En un esclarecedor ensayo, el historiador David Stannard ridiculiza a la “pequeña industria de los hagiógrafos del Holocausto que argumentan la excepcionalidad de la experiencia judía con toda la energía y con todo el ingenio de los zelotas teológicos”[66] Con todo, el dogma de la excepcionalidad no tiene sentido.

Al nivel más básico, todo hecho histórico es único, aunque más no sea en virtud del tiempo y la ubicación, y todo hecho histórico conlleva tanto características distintivas como características comunes a otros hechos históricos. La anomalía del Holocausto es la afirmación en cuanto a que su unicidad resulta absolutamente decisiva. Uno podría preguntar ¿qué otro hecho histórico queda delimitado por su unicidad categórica? Por regla general, se aíslan las características distintivas del Holocausto a fin de colocar al hecho en una categoría completamente aparte. Sin embargo, nunca queda claro por qué las características comunes han de ser consideradas triviales por comparación.

Todos los que han escrito sobre El Holocausto están de acuerdo en que fue único. Pocos, si es que hay alguno, están de acuerdo en por qué. Cada vez que se refuta empíricamente un argumento en favor de la unicidad del Holocausto, se esgrime un nuevo argumento que reemplaza al anterior. El resultado, según Jean-Michel Chaumont, son múltiples y contradictorios argumentos que se anulan entre si: “No se acumula el conocimiento. Más bien, para mejorar el argumento anterior, cada argumento nuevo parte otra vez desde cero.”[67]  Puesto de otra manera: la unicidad es un axioma en el esquema del Holocausto; el demostrarlo constituye la tarea a realizar, y probar lo contrario es equivalente a negar El Holocausto. Quizás el problema esté en la premisa y no en la demostración. Aún si El Holocausto fuese único, ¿qué diferencia habría? ¿Cómo cambiaría nuestra comprensión del mismo si el holocausto nazi no fuese el primero sino el cuarto o quinto en una serie de catástrofes comparables?

La adición más reciente a la lotería de la unicidad del Holocausto es The Holocaust in Historical Context (El Holocausto en el Contexto Histórico) de Steven Katz. Citando cerca de 5.000 títulos en el primero de un estudio proyectado a tres volúmenes, Katz pasa revista a la totalidad de la historia humana a fin de demostrar que “el Holocausto es fenomenológicamente único en virtud del hecho que nunca antes un Estado se propuso, como una cuestión de principio intencional y política actualizada, el aniquilamiento físico de todo hombre, mujer y niño perteneciente a un pueblo específico.” Para clarificar su tesis, Katz explica: “F es singularmente C.  F puede compartir A, B, D, . . . X con Z, pero C no puede. Y, de nuevo, F puede compartit A, B, D, . . . X con todos los Z pero no a C. Todo lo esencial resulta ser F siendo singularmente C . . . π carente de C no es J . . . Por definición, no se admiten excepciones a esta regla. Z compartiendo A, B, D, . . . X con M puede ser como M en éste y otros aspectos . . . pero, considerando nuestra definición de singularidad, cualquiera o todos los Z carentes de C no son F . . . Por supuesto, en su totalidad, F es más que C, pero nunca es M sin C.” – Traducción: un hecho histórico que contiene una característica única es un hecho histórico único. Para evitar cualquier confusión, Katz elucida que utiliza el término fenomenológicamente “en un sentido no-Husserliano, no-Shutzeano, no-Scheleriano, no-Heideggeriano, no-Merleu-Pontyano.” Traducción: La empresa de Katz es un fenomenal sinsentido.[68]  Aún si las pruebas apoyasen la tesis de Katz – que no la apoyan – ello sólo demostraría que El Holocausto incluyó una característica distintiva. Lo milagroso habría sido que fuese de otro modo.  Chaumont infiere que el estudio de Katz es “ideología” disfrazada de “ciencia”. Hay más sobre esto en lo que sigue.[69]

Sólo un muy pequeño salto separa el alegato de la unicidad del Holocausto de aquél otro alegato que afirma que el Holocausto no puede ser racionalmente aprehendido. Si El Holocausto no tiene precedentes en la historia, tiene que estar por encima de la historia y, por lo tanto, no puede ser comprendido por la historia. Más aún, El Holocausto sería único porque es inexplicable y sería inexplicable porque es único.

Definido por Novick como la “sacralización del Holocausto”, el proveedor más experto a esta mistificación es Elie Wiesel. Para Wiesel, como acertadamente observa Novick, El Holocausto es efectivamente una religión del “misterio”. Consecuentemente Wiesel entona que El Holocausto “conduce a la oscuridad”, “niega todas las respuestas”, “se ubica fuera y acaso más allá de la historia”, “desafía tanto en conocimiento como a la descripción”, “no puede ser explicado ni visualizado”, no será “nunca comprendido ni transmitido”, marca una “destrucción de la historia” y una “mutación a escala cósmica”. Sólo el sacerdote-sobreviviente (léase: sólo Wiesel) está calificado para develar su misterio. Y, así y todo, Wiesel asevera que el misterio de El Holocausto es “incomunicable”; “no podemos ni hablar de él”. Consecuentemente, por su honorario habitual de U$S 25.0000 (más chofer y limusina), Wiesel nos dará una conferencia sobre que el “secreto” de “la verdad” de Auschwitz “reside en el silencio”.[70]

Según esta visión, la comprensión racional del Holocausto equivale a su negación. Porque la racionalidad le niega al Holocausto su unicidad y su misterio. Y el comparar al Holocausto con el sufrimiento de otros constituye, según Wiesel, “una traición total a la historia judía”.[71] Hace algunos años atrás, la parodia de una publicación neoyorquina tenía el siguiente titular: “Michael Jackson, 60 Millones de Otros, Mueren en Holocausto Nuclear”, La página de las cartas de lectores contenía una airada protesta de Wiesel: “¿Cómo se atreven algunas personas a referirse a lo que sucedió ayer como un Holocausto? Hubo un sólo Holocausto. . . “ En sus nuevas memorias, demostrando que la vida también puede imitar a la parodia, Wiesel amonestó a Shimon Peres por hablar “sin hesitar de »los dos holocaustos« del Siglo XX: Auschwitz y Hiroshima. No debería haberlo hecho.”[72] Una muletilla favorita del argumento de Wiesel es que “la universalidad del Holocausto reside en su unicidad”.[73] Pero, si es incomparable e incomprensiblemente único, ¿cómo puede El Holocausto tener una dimensión universal?

El debate sobre la unicidad del Holocausto es estéril. Más aún, los alegatos acerca de la unicidad del Holocausto han venido a constituir una forma de “terrorismo intelectual” (Chaumont). Aquellos que empleen las prácticas de comparación normales en una investigación académica se verán forzados a incluir mil y un advertencias aclaratorias para rechazar la acusación es estar “trivializando El Holocausto”.[74]

Al alegato de la unicidad del Holocausto se le agrega la afirmación complementaria de que fue singularmente maléfico. Por más terrible que haya sido el sufrimiento de otros, simplemente no es comparable. Los que proponen la unicidad del Holocausto por lo general rechazan este alcance, pero las protestas no son sinceras.[75]

Los alegatos por la unicidad del Holocausto son intelectualmente estériles y moralmente vergonzosas, pero no obstante persisten. La pregunta es: ¿por qué? En primer lugar, un sufrimiento único confiere derechos únicos. El mal singular del Holocausto, según Jacob Neusner, no sólo coloca a los judíos en un lugar aparte de los otros sino que también le otorga a los judíos una “demanda sobre esos otros”.

Para Edward Alexander, la unicidad del Holocausto es “capital moral”. Los judíos deben “exigir derechos soberanos” sobre esta “valiosa propiedad”.[76]

En efecto, la unicidad del Holocausto – esta “demanda” contra otros, este “capital moral” – le sirve de principal excusa a Israel. “La singularidad del sufrimiento judío”, sugiere el historiador Peter Baldwin,  “aumenta las demandas morales y emocionales que Israel puede presentar . . . a otras naciones.”[77] Así, de acuerdo a Nathan Glazer, El Holocausto, que subrayó la “peculiar diferenciación de los judíos” le otorgó a los judíos “el derecho a considerarse especialmente amenazados y especialmente merecedores de cualquier esfuerzo que les fuese necesario para sobrevivir.” (el énfasis es del original)[78] Tan sólo para citar un ejemplo típico: toda noticia sobre la decisión israelí de desarrollar armas nucleares evoca el espectro del Holocausto. Como si de otra forma Israel no se hubiese convertido en potencia nuclear.

Y hay, además, otro factor. El alegato de la singularidad del Holocausto es un alegato por la singularidad judía. Lo que hizo único al Holocausto no fue el sufrimiento de los judíos sino el hecho de que los judíos sufrieron. O sea: el Holocausto es especial porque los judíos son especiales. Así, Ismar Schorsch, secretario del Seminario Teológico Judío, ridiculiza el alegato de la unicidad del Holocausto diciendo que es “una versión secular de mal gusto del concepto de pueblo elegido”.[79] Así como es vehemente en cuanto a la unicidad del Holocausto, Elie Wiesel es no menos vehemente afirmando que los judíos son únicos. “Todo acerca de nosotros es diferente”. Los judíos son “ontológicamente” excepcionales.[80] Marcando la culminación del milenario odio de los gentiles hacia los judíos, El Holocausto confirmó no sólo la singularidad del sufrimiento de judíos sino también la singularidad judía.

Durante la Segunda Guerra Mundial y en sus postrimerías, informa Novick, “difícilmente alguien dentro del gobierno (de los EE.UU.) – y difícilmente alguien fuera de él, sea judío o gentil – hubiera comprendido la expresión  »abandono de los judíos«.” El cambio se produjo después de Junio de 1967. “El silencio del mundo”, “la indiferencia del mundo”, “el abandono de los judíos”; estos temas se convirtieron en una constante del “discurso sobre El Holocausto”[81]

Apropiándose de un principio sionista, el esquema del Holocausto presentó la Solución Final de Hitler como la culminación del milenario odio a los judíos. Los judíos perecieron porque todos los gentiles, fuesen perpetradores o colaboradores pasivos, querían verlos muertos. De acuerdo con Wiesel, “El mundo libre y »civilizado« “ entregó los judíos “al verdugo. Hubo matadores – los asesinos – y hubo quienes permanecieron en silencio”.[82] No existen pruebas históricas de un impulso asesino gentil. El tremendo esfuerzo de Daniel Goldhagen en demostrar una variante de esta acusación en Hitler’s Willing Executioners apenas si escapa a lo cómico.[83] Su utilidad política, sin embargo, es considerable. De paso, se puede observar que la teoría del “eterno antisemitismo” reconforta, de hecho, al antisemita. Tal como lo señala Arendt en The Origins of Totalitarianism (Los Orígenes del Totalitarismo) “que esta doctrina fuese adoptada por los antisemitas profesionales es algo que va de suyo; les da la mejor excusa posible para todos los horrores. Si es cierto que la humanidad ha insistido en asesinar judíos por más de dos mil años, entonces el matar judíos es una actividad normal, incluso humana, y el odio al judío está justificado más allá de la necesidad de argumentos. El aspecto más sorprendente de esta explicación es que haya sido adoptada por una gran cantidad de historiadores imparciales y por un número todavía mayor de judíos.”[84]

El dogma del eterno odio gentil incorporado al Holocausto ha servido tanto para justificar la necesidad de un Estado judío como para explicar la hostilidad hacia Israel. El Estado judío es la única salvaguarda contra el próximo (inevitable) estallido de antisemitismo homicida. Recíprocamente, el antisemitismo homicida está detrás de todo ataque y hasta de toda maniobra defensiva contra el Estado judío. Para explicar la crítica a Israel, la escritora Cynthia Chick tenía una respuesta rápida: “El mundo quiere eliminar a los judíos . . . el mundo siempre ha querido eliminar a los judíos”.[85] Si todo el mundo quiere ver a los judíos muertos, realmente el milagro es que todavía estén vivos y – a diferencia de gran parte de la humanidad – no exactamente muriéndose de hambre.

Este dogma también le ha conferido un permiso absoluto a Israel: puesto que los gentiles están siempre intentando asesinar judíos, los judíos tienen el derecho a protegerse de cualquier modo que lo consideren adecuado. Cualquier método al que puedan llegar a recurrir los judíos, incluso agresión y tortura, constituye legítima defensa propia. Deplorando la “lección del Holocausto” sobre el eterno odio gentil, Boas Evron observa que “realmente equivale a un cultivo deliberado de la paranoia. . . Esta mentalidad . . . indulta por adelantado cualquier trato inhumano a los no-judíos puesto que la mitología imperante es que »todos los pueblos colaboraron con los nazis en la destrucción de la judería«, por lo cual todo le está permitido a los judíos en su relación con los demás pueblos.”[86]

En el esquema del Holocausto, el antisemitismo gentil es no sólo inerradicable sino también y siempre irracional. Yendo mucho más allá del análisis sionista clásico, y ni hablemos del análisis académico normal, Goldhagen interpreta el antisemitismo como “divorciado de los judíos reales”, “fundamentalmente no una respuesta a cualquier evaluación objetiva del accionar judío” e “independiente de la naturaleza y de las acciones del judío”. Es, según él, una patología mental cuyo “dominio de hospedaje” está “la mente” (énfasis en el original).  De acuerdo con Wiesel, el antisemita, impulsado por “argumentos irracionales”, “simplemente representa el hecho de que el judío existe”[87] El sociólogo John Murray Cuddihy observa críticamente: “No sólo cualquier cosa que el judío haga o deje de hacer no tiene nada que ver con el antisemitismo, sino cualquier intento de explicar el antisemitismo haciendo referencia a la contribución judía al antisemitismo ya constituye, de por si, una instancia de antisemitismo.” (énfasis en el original)[88] Por supuesto, la cuestión no que el antisemitismo es justificable, ni tampoco que los judíos son culpables de los crímenes cometidos contra ellos. La cuestión es que el antisemitismo se desarrolla dentro de un contexto histórico específico con su consecuente interacción de intereses. Ismar Schorsch señala que “Una minoría bien organizada y mayormente exitosa puede inspirar conflictos que se derivan de tensiones inter-grupales objetivas”, si bien estos conflictos están “frecuentemente envueltos en estereotipos antisemitas”.[89]

Con frecuencia la esencia irracional del antisemitismo gentil resulta inferida de la esencia irracional del Holocausto. A saber: la Solución Final de Hitler careció de racionalidad – fue “maligna por si misma”, un asesinato masivo “sin objeto”; la Solución Final de Hitler marcó la culminación del antisemitismo gentil; por lo tanto el antisemitismo gentil es esencialmente irracional. Estas proposiciones, tomadas en forma aislada o conjunta, no resisten ni al más superficial de los análisis.[90] Políticamente, sin embargo, el argumento resulta muy útil.

Al conferir una inmunidad total a los judíos, el dogma del Holocausto inmuniza a Israel y a la judería norteamericana de todo reproche legítimo. La hostilidad árabe, la hostilidad afroamericana: “fundamentalmente no son una respuesta a ninguna evaluación objetiva de la actividad judía” (Goldhagen[91] ). Considérese lo que dice Wiesel sobre la persecución a los judíos: “Por dos mil años . . .  siempre estuvimos amenazados . . .¿Por qué? Por ninguna razón.” Sobre la hostilidad árabe hacia Israel: “Porque somos quienes somos y por lo que representa nuestro hogar nacional Israel – el corazón de nuestras vidas, el sueño de nuestros sueños – cuando nuestros enemigos traten de destruirnos lo harán tratando de destruir a Israel”. Sobre la hostilidad de las personas negras hacia los judíos norteamericanos: “Las personas que se inspiran en nosotros no nos agradecen sino que nos atacan. Nos hallamos en una situación muy peligrosa. Somos otra vez los chivos emisarios de todas las partes . . . Hemos ayudado a los negros; siempre los hemos ayudado. . . Compadezco a los negros. Hay una sola cosa que deberían aprender de nosotros y ésa es gratitud. No hay pueblo en el mundo que conozca la gratitud como nosotros la conocemos; somos eternamente agradecidos.”[92] Siempre castigado, siempre inocente: ésa es la carga por ser judío.[93]

El dogma del Holocausto acerca del eterno odio gentil también convalida el dogma complementario de la singularidad. Si el Holocausto marcó la culminación del milenario odio gentil hacia los judíos, la persecución de no-judíos en el Holocausto fue meramente accidental y la persecución de no-judíos en la historia algo meramente episódico.  Desde todo punto de vista, por lo tanto, el sufrimiento judío durante El Holocausto fue único.

Finalmente, el sufrimiento judío fue único porque los judíos son únicos. El Holocausto fue único porque no fue racional. En última instancia fue una pasión muy irracional, casi más-que-humana. El mundo gentil odiaba a los judíos por envidia, celos, resentimiento. De acuerdo a Nathan y Ruth Perlmutter, el antisemitismo surgió “de los celos y del resentimiento hacia los judíos que desplazaban a los cristianos del mercado . . . un gran número de gentiles menos exitosos se resintieron ante un menor número de judíos más exitosos.”[94] Si bien en forma negativa, El Holocausto confirmó que los judíos eran elegidos. Los judíos sufrieron la ira de los gentiles porque los judíos son mejores, o más exitosos, y luego los gentiles los mataron.

En un breve aparte, Novick se pregunta “¿cómo sería el discurso sobre el Holocausto en los EE.UU. si Elie Wiesel no fuese su »principal intérprete«?” [95] La respuesta no es muy difícil de hallar. Antes de Junio de 1967, el mensaje universalista que resonaba entre los judíos norteamericanos era el de Bruno Bettelheim, un sobreviviente de los campos de concentración. Después de la guerra de Junio, Bettelheim fue puesto a un lado en favor de Wiesel. La notoriedad de Wiesel es una función de su utilidad ideológica. Singularidad del sufrimiento judío/singularidad de los judíos; siempre culpables gentiles/siempre inocentes judíos; incondicional defensa de Israel/incondicional defensa de intereses judíos: Elie Wiesel es El Holocausto.

Al articular los principales dogmas del Holocausto,  gran parte de la literatura sobre la Solución Final de Hitler es inservible como producción académica. Más aún, el área de los estudios sobre el Holocausto está repleta de sinsentidos, cuando no directamente de fraudes. Especialmente revelador es el ambiente cultural que nutre a esta literatura sobre El Holocausto.

El primer fraude mayor relativo al Holocausto fue The Painted Bird (El Pájaro Pintado) del emigrante polaco Jerzy Kosinski.[96] El libro fue “escrito en inglés”, explicó Kosinski a fin de que “pudiera escribir desapasionadamente, libre de las connotaciones emocionales que el idioma natal de uno siempre contiene.” De hecho, sean cuales fueren las partes que realmente escribió – lo cual es algo sin resolver aún – las escribió en polaco. El libro, supuestamente, pretendía ser el relato autobiográfico de Kosinski acerca de su deambular como niño solitario a través de la Polonia rural durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho, en realidad Kosinski vivió con sus padres durante toda la guerra. El tema central del libro lo constituyen las sádicas torturas sexuales perpetradas por el campesinado polaco. Las personas que lo leyeron antes de su publicación lo desecharon como una “pornografía de la violencia” y “el producto de una mente obsesionada con la violencia sadomasoquista”. La verdad es que Kosinski inventó casi todos los episodios patológicos que narra. El libro retrata a los campesinos polacos con los cuales vivió como virulentamente antisemitas. “Golpeen a los judíos”, exclaman, “Golpeen a los bastardos”. De hecho, fueron campesinos polacos los que alojaron los Kosinski, a pesar de que conocían perfectamente la condición judía de la familia y las funestas consecuencias que tendrían que enfrentar si eran descubiertos.

En el New York Times Book Review, Elie Wiesel aclamó a The Painted Bird como “una de las mejores” denuncias de la era nazi, “escrita con profunda sinceridad y sensitividad”. Cynthia Ozick más tarde proclamó que ella “inmediatamente” reconoció la autenticidad de Kosinski como “un sobreviviente judío y testigo del Holocausto”. Mucho después de que Kosinski fuera desenmascarado y expuesto como un consumado estafador literario, Wiesel continuó amontonando encomios sobre su “notoria obra”.[97]

The Painted Birdse convirtió en un texto básico sobre el Holocausto. Fue un best-seller , obtuvo premios, fue traducido a numerosos idiomas y se convirtió en lectura obligatoria para las clases de la enseñanza media y superior. Transitando el circuito del Holocausto, Kosinski se autodenominó un “Elie Wiesel más barato”. (Quienes no se podían dar el lujo de pagar el costo de una disertación de Elie Wiesel – el “silencio” no se vende barato – recurrían a él). Finalmente, desenmascarado por un semanario de noticias de investigación, Kosinski siguió siendo resueltamente defendido por el New York Timer que alegó que Kosinski estaba siendo víctima de un complot comunista.[98]

Un fraude más reciente, Fragments de Binjamin Wilkomirski[99] se emparenta promiscuamente con el kitsch de The Painted Bird.  Al igual que Kosinski, Wilkomirski se pinta a si mismo como un niño solitario sobreviviente que se vuelve mudo, termina en un orfanato y sólo tardíamente descubre que es judío. Al igual que The Painted Bird la principal pretensión narrativa de Fragments es la simple, descarnada voz de un niño ingenuo, lo cual también permite que los nombres de lugares y las fechas permanezcan en la nebulosa. Al igual que The Painted Bird cada capítulo de Fragments culmina en una orgía de violencia. Kosinski describió a The Painted Bird como “el lento deshielo de la mente”; Wilkomirski describe Fragments como “la memoria recobrada”.[100]

Un fraude desde el principio hasta el final, Fragments es, no obstante, una memoria del Holocausto arquetípica. Inicialmente, transcurre en los campos de concentración, dónde cada guardia es un sádico y enloquecido monstruo que alegremente le rompe el cráneo a los judíos recién nacidos. Y esto a pesar que las memorias auténticas de los campos de concentración concuerdan con lo que dijo la Dra. Ella Lingens-Reiner, sobreviviente de Auschwitz: “Había pocos sádicos. No más de un cinco o diez por ciento.”[101] Sin embargo, el omnipresente sadismo alemán figura en forma destacada en toda la literatura sobre el Holocausto. Prestando un doble servicio, “documenta” la singular irracionalidad del Holocausto tanto como el fanático antisemitismo de sus perpetradores.

La característica distintiva de Fragments no reside en el cuadro que pinta durante el Holocausto sino en lo que sucede después. Adoptado por una familia suiza, el pequeño Binjamin padece todavía nuevos tormentos. Está atrapado en un mundo de negadores del Holocausto. “Olvídalo – es un mal sueño”, grita su madre. “Fue sólo un mal sueño . . . No debes seguir pensando en ello”. “Aquí, en este país”, se queja “todo el mundo siempre me dice que debo olvidar, que nunca sucedió, que sólo lo soñé. ¡Pero conocen todo lo que pasó!”

Incluso en la escuela “los niños me señalan, me muestran sus puños y gritan »Está delirando, no hay tal cosa. ¡Mentiroso! Está loco, desequilibrado, es un idiota« (Dicho sea de paso: tenían razón). Pegándole, cantándole versitos antisemitas, todos los niños gentiles se unen en contra del pobre Binjamin mientras los adultos siguen acusándolo “¡Lo estás inventando!”.

Llevado a una profunda desesperación, Binjamin llega a una epifanía del Holocausto. “El campo todavía está allí – sólo que oculto y bien disimulado. Se han quitado los uniformes y se han vestido con ropas lindas para no ser reconocidos . . . Dales el más suave de los indicios de que quizás, posiblemente, eres un judío – y lo sentirás: éstas son las mismas personas, y estoy seguro de eso. Todavía pueden matar, hasta sin uniforme.”

Más que un homenaje al dogma del Holocausto, Fragments es la pistola humeante: hasta en Suiza – la neutral Suiza – todos los gentiles quieren matar a los judíos.

Fragments fue ampliamente elogiado como un clásico de la literatura sobre el Holocausto. Fue traducido a una docena de idiomas y ganó el Premio al Libro Nacional Judío, el premio del JewishQuarterly y el  Prix de Memoire de la Shoah. Estrella de documentales, orador principal en conferencias y seminarios sobre El Holocausto, recolector de fondos para el UnitedStatesHolocaustMemorialMuseum, Wilkomirski rápidamente se convirtió en figura para los posters sobre el Holocausto.

Aclamando a Fragments como una “pequeña obra maestra”, Daniel Goldhagen fue el principal defensor académico de Wilkomirski. Sin embargo, historiadores más versados como Raul Hilberg se dieron cuenta pronto que Fragments era un fraude. Hilberg incluso hizo las preguntas correctas después del desenmascaramiento del fraude: “¿Cómo fue que este libro pasó la revisión en varias editoriales? ¿Cómo es que al Sr. Wilkomirski se lo invitó al UnitedStatesHolocaustMemorialMuseum así como a universidades de renombre? ¿Cómo es que no tenemos un control de calidad decente cuando se trata de evaluar el material del Holocausto antes de publicarlo?”[102]

Resultó que Wilkomirski, mitad pera mitad manzana, se pasó toda la guerra en Suiza. Ni siquiera es judío. Hay que escuchar, sin embargo, la oración fúnebre de la industria del Holocausto:

Arthur Samuelson (editor): Fragments “es un libro bastante interesante . . . Es un fraude solamente si se lo llama un libro de no-ficción. Lo volvería a publicar en la categoría de ficción. Quizás no sea cierto – ¡tanto mejor escritor es, entonces!”

Carol Brown Janeway (editora y traductora): “Si las acusaciones . . . resultasen ser ciertas, entonces lo que está sobre el tapete no son hechos empíricos que pueden ser verificados, sino hechos espirituales que deben ser considerados. Lo que se necesitaría es una verificación del alma, y eso es imposible.”

Pero hay más. Israel Gutman es un director de Yad Vashem y un disertante sobre el Holocausto en la Universidad Hebrea. También es un ex-interno de Auschwitz. De acuerdo a Gutman “no es tan importante” que Fragments sea un fraude. “Wilkomirski escribió un relato que sintió profundamente; eso es seguro . . . No es un falso. Es alguien que vive esta historia muy profundamente en su alma. El dolor es auténtico.” De modo que no importa si pasó la guerra en un campo de concentración o en un chalet suizo; Wilkomirski no es una falsedad si su “dolor es auténtico”: así habla un sobreviviente de Auschwitz devenido en experto sobre el Holocausto. Los otros merecen desprecio, Gutman sólo lástima.

El The New Yorker tituló su relato sobre el fraude de Wilkomirski: “Robando el Holocausto”. Ayer Wilkomirski era festejado por sus leyendas sobre la maldad de los gentiles; hoy se lo castiga como otro gentil malvado más. Es siempre culpa de los gentiles. Es cierto, Wilkomirski fabricó su pasado holocaustiano, pero la verdad mayor es que la industria del Holocausto, construida sobre una apropiación fraudulenta de la historia con fines ideológicos, estuvo dispuesta a celebrar la fabricación de Wilkomirski. Era un “sobreviviente” del Holocausto esperando a ser descubierto.

En Octubre de 1999, el editor alemán de Wilkomirski, al retirar Fragments de las librerías, finalmente reconoció que Wilkomirski no era un judío huérfano sino un ciudadano suizo llamado Bruno Doessekker. Al ser informado de que la fiesta había terminado, Wilkomirski atronó desafiante: “¡Yo soy Binjamin Wilkomirski!”. Sólo un mes más tarde el editor norteamericano, Schocken, eliminó a Fragments de su catálogo.[103]

Consideremos ahora a la literatura secundaria del Holocausto. Un sello mitológico de esta literatura es el espacio concedido a la “conexión árabe”. Si bien Novick nos dice que el Mufti de Jerusalén no desempeñó “ningún papel importante en el Holocausto”, la Encyclopedia of the Holocaust en cuatro volúmenes (editada por Israel Gutman) le dio un “papel estelar”. El Mufti también está al tope del cartel en Yad Vashem: “Al visitante se le sugiere la conclusión”, escribe Tom Segev, “que hay mucho en común entre los planes nazis para destruir a los judíos y la enemistad de los árabes para con Israel.” En Auschwitz, durante una conmemoración oficiada por sacerdotes de todas las religiones, Wiesel objetó solamente la presencia de un qadi musulmán: “¿No estamos olvidándonos . . . del Mufti Hajj Amin el-Husseini de Jerusalén, el amigo de Heinrich Himmler?”. De paso: si el Mufti figuró de un modo tan central en la Solución Final de Hitler, uno se maravilla de que Israel no lo llevara ante la justicia igual que a Eichmann. Después de la guerra, el Mufti vivió públicamente justo al lado, en el Líbano.[104]

Especialmente después de la fracasada invasión del Líbano en 1982, cuando la propaganda oficial israelí cayó bajo el fuerte ataque de los “nuevos historiadores” de Israel, los apologistas desesperadamente trataron de endosarle el nazismo a los árabes. El famoso historiador Bernard Lewis consiguió dedicarle al nazismo árabe un capítulo entero de su historia resumida del antisemitismo y tres páginas completas de su “breve historia de los últimos 2000 años” del Medio oriente. En el extremo liberal del espectro del Holocausto, Michael Berenbaum, del Washington Holocaust Memorial Museum, generosamente concedió que “las piedras arrojadas por los jóvenes palestinos irritados por la presencia de Israel . . . no son equivalentes a las agresiones nazis contra civiles judíos indefensos”[105]

La más reciente extravagancia sobre el Holocausto es Hitler’s Willing Executioners (Los Ávidos Verdugos de Hitler) de Daniel Jonah Goldhagen. Todos los más importantes diarios de opinión imprimieron una o más reseñas, semanas después de su publicación. El The New York Times publicó múltiples notas, aclamando al libro de Goldhagen como “una de esas raras obras nuevas que merecen el calificativo de hitos” (Richard Bernstein). Con ventas de medio millón de ejemplares y traducciones previstas en 13 idiomas, Hitler’s Willing Executioners fue elogiado en la revista Time como el libro “más comentado” y el segundo mejor libro de no-ficción del año.[106]

Señalando la “notable investigación” y la “riqueza de pruebas . . . con apabullante apoyo en documentos y en hechos”, Elie Wiesel recomendó a Hitler’s Willing Executioners como “una tremenda contribución a la comprensión y a la enseñanza del Holocausto”. Israel Gutman lo elogió por “formular preguntas claramente centrales” ignoradas por “el cuerpo académico principal del Holocausto”. Nominado para la cátedra del Holocausto en la Universidad de Harvard, comparado con Wiesel en los medios nacionales, Goldhagen rápidamente se convirtió en una figura omnipresente en el circuito del Holocausto.

La tesis central del libro de Goldhagen es un dogma convencional del Holocausto: impulsado por un odio patológico, el pueblo alemán aprovechó la oportunidad que Hitler le ofreció de asesinar a los judíos. Hasta Yehuda Bauer, un disertante en la Universidad Hebrea y director de Yad Vashem ha suscripto este dogma en algunas oportunidades. Reflexionando hace varios años atrás sobre la mentalidad de los perpetradores, Bauer escribió: “Los judíos fueron asesinados por personas que, en gran medida, no los odiaban realmente . . . Los alemanes no tenían que odiar a los judíos para matarlos.” Y, sin embargo, en una reciente reseña del libro de Goldhagen, Bauer sostuvo exactamente lo contrario: “Las clases más radicales de actitudes asesinas predominaron desde fines de los 1930 en adelante . . . (hacia) el estallido de la Segunda Guerra Mundial la amplia mayoría de los alemanes se había identificado con el régimen y con sus políticas antisemitas hasta tal punto que resultó fácil reclutar a los asesinos.” Cuando se le hicieron preguntas sobre esta discrepancia, Bauer replicó: “No puedo ver ninguna contradicción entre estas afirmaciones.”[107]

A pesar de exhibir la aparatosidad de un estudio académico, Hitler’s Willing Executioners no constituye mucho más que un compendio de violencia sádica. No es ningún milagro que Goldhagen promoviera a Wilkomirski. Hitler’s Willing Executioners es Fragments más notas al pie. Repleto de gruesas distorsiones del material de referencia y contradicciones internas, Hitler’s Willing Executioners carece de valor académico. Ruth Bettina Birn y quien esto escribe documentaron la pobre calidad de la obra de Goldhagen. La controversia que siguió, ilumina de modo instructivo los manejos internos de la industria del Holocausto.

Birn, la principal autoridad mundial en cuanto a los archivos que consultó Goldhagen, publicó por primera vez los resultados de su crítica en el Historical Journal de Cambridge. La publicación invitó a Goldhagen a refutar a Birn. Rechazando la invitación, Goldhagen contrató a un poderoso estudio jurídico de Londres para abrirle juicio tanto a ella como a la imprenta de la Universidad de Cambridge por “varias serias calumnias”. Después de demandar de Birn una disculpa, una retractación y la promesa de que no repetiría sus críticas, los abogados de Goldhagen amenazaron con que “la generación de cualquier publicidad de vuestra parte como consecuencia de esta carta redundará en un mayor agravamiento de los daños”[108]

Poco después de que los resultados igualmente críticos de quien esto escribe se publicaran en el New Left Review, el Metropolitan, una publicación de Henry Holt, acordó publicar ambos ensayos en forma de libro. En una nota en primera plana el Forward advirtió que el Metropolitan estaba “preparándose para publicar un libro de Norman Finkelstein, un notorio opositor ideológico al Estado de Israel”. El Forward es el principal operador que impone la “corrección holocáustica” en los EE.UU.

Alegando que “el evidente prejuicio y las temerarias afirmaciones de Finklestein . . . están irreversiblemente teñidas de su postura antisionista” el titular de la ADL, Abraham Foxman llamó a Holt para que desistiera de la publicación del libro: “La cuestión . . . no es si la tesis de Goldhagen es correcta, o no, sino qué es »crítica legítima« y que es lo que se pasa de la raya.” Sara Bershtel, publicista asociada al Metropolitan respondió: “Justamente la cuestión en disputa es si la tesis de Goldhagen es correcta, o no”.

Leon Wieseltier, editor literario del pro-israelí New Republic intervino personalmente ante el presidente de Holt, Michael Naumann. “Usted no conoce a Finkelstein. Es veneno, es un judío desagradable que se odia a si mismo, es algo que usted encontrará debajo de una piedra”. Calificando de “desgracia” la decisión de Holt, Elan Steinberg, director ejecutivo del Congreso Judío Mundial opinó: “Si quieren ser basureros, deberían vestir uniformes protectores”.

Naumann recordó más tarde: “Nunca he visto un intento similar, proveniente de partes interesadas, de echar sombras sobre una futura publicación.” El famoso periodista e historiador israelí Tom Segev, opinó en el Haaretz  que la campaña rayaba en el “terrorismo cultural”.

Como principal historiadora de la Sección de Crímenes de Guerra y Crímenes Contra la Humanidad del Departamento Canadiense de Justicia, Birn después quedó bajo el ataque de las organizaciones judías canadienses. Alegando que yo era “anatema para la mayoría de los judíos de este continente” el Congreso Judío Canadiense denunció la colaboración de Birn en el libro. Ejerciendo presión a través de su empleador, el Congreso Judío Canadiense presentó una protesta ante el Departamento de Justicia. Esta queja, junto con un informe respaldado por el citado Congreso que describía a Birn como “un miembro de la raza perpetradora” (Birn nació en Alemania), exigió que la investigaran.

Los ataques ad hominem no cesaron ni siquiera después de la publicación del libro. Goldhagen alegó que Birn, que ha hecho del enjuiciamiento de los criminales de guerra nazis el trabajo de toda su vida, era una proveedora de antisemitismo y que yo era de la opinión que las víctimas de los nazis, mi propia familia incluida, merecían morir. Stanley Hoffmann y Charles Maier, colegas de Goldhagen en el Harvard Center for European Studies, se alinearon públicamente detrás de él.[109]

Denominando a las acusaciones de censura como “falsedades”, el The New Republic mantuvo que “hay una diferencia entre censura y mantenimiento de normas”. El libro A Nation on Trial (Una Nación Enjuiciada) recibió el respaldo de los principales historiadores del Holocausto, incluyendo a Raul Hilberg, Christopher Browning e Ian Kershaw. Estos mismos académicos unánimemente descartaron al libro de Goldhagen. Hilberg lo catalogó de “inservible”. Mantenimiento de normas, realmente.

Por último, considérese el patrón de conducta: Wiesel y Gutman apoyan a Goldhagen; Wiesel apoyó a Kosinski; Gutman y Goldhagen apoyaron a Wilkomirski. Conecten a los jugadores: ésa es la literatura sobre el Holocausto.

A pesar de todo el griterío, no hay pruebas de que los negadores del Holocausto ejercen más influencia en los EE.UU. que la sociedad de amigos de la tierra plana. Dadas las tonterías que a diario emite la industria del Holocausto, lo sorprendente es que haya tan pocos escépticos. El motivo que hay detrás de la pretendida ampliamente difundida negación del Holocausto no es difícil de encontrar. En una sociedad saturada del Holocausto, ¿de qué otra forma se justificarían todavía más museos, libros, cursos, películas y programas para conjurar el fantasma de la negación del Holocausto? Así, el elogiado libro de Deborah Lipstadt Denying the Holocaust (Negando el Holocausto)[110] al igual que una encuesta pésimamente redactada del Comité Judío Norteamericano alegando una persistente negativa del Holocausto,[111] se dieron a conocer justo coincidiendo con la apertura del Museo Memorial del Holocausto en Washington.

Denying the Holocaust  es una versión actualizada de los tratados sobre el “nuevo antisemitismo”. A fin de documentar una ampliamente difundida negación del Holocausto, Lipstadt cita a un puñado de publicaciones excéntricas. Su plato fuerte es Arthur Butz, un personaje insignificante que enseña ingeniería eléctrica en la Northwestern University y que publicó su libro The Hoax of the Twentieth Century (El Fraude del Siglo veinte) en una ignota imprenta. Al capítulo dedicado a él, Lipstadt lo intitula “Ingresando a la Corriente Principal”. Si no fuera por personas como Lipstadt uno no hubiera oído hablar jamás de Arthur Butz.

De hecho, el único verdaderamente conocido negador del Holocausto es Bernard Lewis. Una corte francesa hasta sentenció a Lewis por negar el genocidio. Pero Lewis negó el genocidio turco de los armenios durante la Primera Guerra Mundial, no el genocidio de los judíos a manos de los nazis, y Lewis es pro-israelí.[112] Por consiguiente, esta instancia de negación del holocausto no produce irritaciones en los EE.UU. Para colmo de males Turquía es una aliada de Israel. Por lo tanto, mencionar el genocidio armenio es tabú. Elie Wiesel, el rabino arthur Hertzberg, así como el AJC y Yad Vashem se retiraron de una conferencia internacional sobre genocidio en Tel Aviv porque los patrocinadores académicos, en contra de las presiones del gobierno de Israel, incluyeron sesiones sobre el caso armenio. En forma unilateral, Wiesel hasta trató de hacer abortar la conferencia y, de acuerdo a Yehuda Bauer, instó personalmente a otros a no asistir.[113] Actuando a pedido de Israel, el Holocaust Council de los EE.UU. eliminó la mención a los armenios en el Washington Holocaust Memorial Museum y lobistas judíos en el Congreso bloquearon un día de rememoración del genocidio armenio.[114]

Cuestionar el testimonio de un sobreviviente, denunciar el papel desempeñado por los colaboradores judíos, sugerir que los alemanes sufrieron durante el bombardeo de Dresden o que cualquier país, excepto Alemania, cometió crímenes durante la Segunda Guerra Mundial – todo esto, de acuerdo a Lipstadt, es prueba de negación del Holocausto.[115] Y sugerir que Wiesel ha obtenido beneficios de la industria del Holocausto, y hasta cuestionarlo, constituye negación del Holocausto.[116]

Según Lipstadt, las formas más “insidiosas” de negación del Holocausto son las “equivalencias inmorales”; esto es: negar la singularidad del Holocausto.[117] Este argumento tiene implicancias fascinantes. Daniel Goldhagen argumenta que las operaciones serbias en Kosovo “difieren, esencialmente, de las de la Alemania nazi sólo en escala”[118] Eso convertiría a Goldhagen “esencialmente” en un negador del Holocausto. Más aún; a través del espectro político, comentadores israelíes compararon las acciones de Serbia en Kosovo con las acciones israelíes de 1848 contra los palestinos.[119] Según la estimación de Goldhagen, pues, Israel cometió un Holocausto. Ni siquiera los palestinos afirman eso ya.

No toda la literatura revisionista – por más escandalosas que sean las políticas o las motivaciones de quienes la hacen – es totalmente inservible. Lipstadt cataloga a David Irving como “uno de los voceros más peligrosos de la negación del Holocausto” (Irving recientemente perdió un juicio por calumnias en Inglaterra contra ella por ésta y otras manifestaciones similares). Pero Irving, un notorio admirador de Hitler y simpatizante del nacionalsocialismo alemán, ha realizado – tal como lo señala Gordon Craig – una contribución “indispensable” a nuestro conocimiento sobre la Segunda Guerra Mundial. Tanto Arno Mayer, en su importante estudio sobre el holocausto nazi, como Raul Hilberg citan publicaciones que niegan el Holocausto. “Si estas personas quieren hablar, déjenlas hacerlo”, observa Hilberg, “Sólo induce a aquellos de nosotros que investigamos a reexaminar lo que pudimos haber considerado obvio. Y eso nos resulta útil.”[120]

Los días de Recordación Anual del Holocausto constituyen un evento nacional. Todos los 50 estados patrocinan conmemoraciones, con frecuencia en las cámaras legislativas estatales. La Asociación de Organizaciones del Holocausto lista a más de 100 instituciones dedicadas al Holocausto en los EE.UU. Hay siete museos importantes sobre el Holocausto a lo largo de la geografía norteamericana. La pieza central de esta memorialización es el United States Holocaust Memorial Museum en Washington.

La primer pregunta sería ¿por qué tenemos hasta un museo del Holocausto por resolución federal y fondos federales en el capitolio de la nación? Su presencia en Washington resulta particularmente incongruente con la ausencia de un museo dedicado a los crímenes ocurridos en el transcurso de la historia de los Estados Unidos. Imagínense las estruendosas acusaciones de hipocresía que se levantarían si Alemania construyese un museo en Berlín dedicado, no al genocidio nazi, sino a la esclavitud norteamericana y al exterminio de los norteamericanos nativos.[121]

“Trata meticulosamente de abstenerse de todo intento de adoctrinamiento,”, escribió el diseñador del museo, “de toda manipulación de impresiones o de emociones.” Sin embargo, desde su concepción hasta su realización, el museo ha estado inmerso en política.[122] Con una campaña de reelección sobre el horizonte, Jimmy Carter inició el proyecto para aplacar a los contribuyentes y a los votantes judíos, irritados por el reconocimiento de los “legítimos derechos” de los palestinos por parte del presidente. El presidente de la Conferencia de Presidentes de las Principales Organizaciones Judías Norteamericanas, el rabino Alexander Schindler, deploró el reconocimiento de la humanidad palestina calificándola de iniciativa “escandalosa”. Carter anunció el plan para el museo mientras Menahem Begin se hallaba de visita en Washington y en medio de un tormentoso debate en el Congreso sobre la propuesta de la administración de venderle armas a Arabia Saudita. Otras cuestiones políticas también aparecen en el museo. Se silencia el trasfondo cristiano transfiriéndolo a un antisemitismo europeo para no ofender a una poderosa comunidad de votantes. Minimiza las cuotas discriminatorias de inmigración norteamericanas antes de la guerra; exagera el papel de los EE.UU. en la liberación de los campos de concentración, y pasa silenciosamente por alto el reclutamiento masivo por parte de los EE.UU. de criminales de guerra nazis al final de la contienda. El mensaje global del Museo es que “nosotros” no podríamos ni siquiera concebir, y ni hablemos de ejecutar, acciones tan malvadas. El Holocausto “ataca granularmente la ética norteamericana”, observa Michael Berenbaum en el libro guía del museo. “Vemos en (su) consumación una violación de cada uno de los valores esenciales norteamericanos.” El museo del Holocausto emite la lección de que Israel fue “la respuesta adecuada al nazismo” con las escenas de cierre de los sobrevivientes judíos esforzándose por ingresar a Palestina.[123]

La politización comienza aún antes de que uno cruce el umbral del museo. Está situado en el lugar de Raoul Wallenberg.  Wallenberg, un diplomático sueco, es honrado porque rescató a miles de judíos y terminó en una prisión soviética. Su compatriota sueco Conde Folke Bernardotte no es honrado porque, si bien él también rescató a miles de judíos, el ex-Primer Ministro Yitzak Shamir ordenó su asesinato por ser demasiado “pro-árabe”.[124]

El núcleo de las políticas relacionadas con el museo del Holocausto reside, sin embargo, sobre quién debe ser memorializado. ¿Fueron los judíos las únicas víctimas, o cuentan también como víctimas los otros que también perecieron a causa de la persecución nazi?[125] Durante las etapas de planeamiento del museo, Elie Wiesel (junto a Yehuda Bauer de Yad Vashem) encabezaron la ofensiva para conmemorar sólo a judíos. Presentado como el “incuestionable experto sobre el período del Holocausto” Wiesel argumentó tenazmente por la preeminencia de la victimización judía. “Como siempre, comenzaron con judíos”, entonó regularmente, “Como siempre, no se detuvieron tan sólo en los judíos”[126] Con todo, las primeras víctimas políticas no fueron los judíos sino los comunistas, y las primeras víctimas del genocidio nazi no fueron los judíos sino los discapacitados.[127]

El mayor desafío para el Museo del Holocausto fue justificar la exclusión del genocidio gitano. Los nazis mataron sistemáticamente tanto como medio millón de gitanos, con pérdidas proporcionalmente iguales en términos generales al del genocidio judío.[128] Escritores sobre el Holocausto como Yehuda Bauer sostuvieron que los gitanos no fueron víctimas del mismo ataque genocida que los judíos. Historiadores respetados del Holocausto, como Henry Friedlander y Raul Hilberg, sin embargo, sostienen que sí lo fueron. [129]

Hubo múltiples motivos agazapados detrás de la decisión de marginar el genocidio gitano. En primer lugar: simplemente no se podía comparar la pérdida de vidas judías con la de vidas gitanas. Ridiculizando el pedido de representar a los gitanos en el Consejo del Memorial del Holocausto en los Estados Unidos como “traído de los pelos”, el director ejecutivo rabino Seymour Siegel dudó hasta de que los gitanos “existiesen” como pueblo: “Tendría que haber algún reconocimiento o aceptación del pueblo gitano . . . si es que tal cosa existe.” Concedió, sin embargo, que “existió un elemento sufriente bajo los nazis”. Edward Linenthal recuerda la “profunda sospecha” de los representantes gitanos en cuanto al Consejo “alimentada por la clara prueba de que algunos de los miembros del Consejo consideraban la participación de Rom en el museo de la forma en que una familia considera a parientes embarazosos que no son bienvenidos.”[130]

Segundo: reconocer al genocidio gitano significaba perder la franquicia judía exclusiva sobre El Holocausto, con una apreciable pérdida de “capital moral”. Tercero: si los nazis persiguieron a gitanos y a judíos por igual, el dogma de que El Holocausto marcó la culminación del milenario odio gentil a los judíos resultaba claramente insostenible. Y en forma similar, si la envidia impulsó al genocidio judío, ¿fue también envidia lo que impulsó al genocidio gitano? En la exhibición permanente del museo, las víctimas no-judías del nazismo reciben un reconocimiento tan sólo simbólico.[131]

Finalmente, la agenda política del museo del Holocausto también estuvo influida por el conflicto Palestino-Israelí. Antes de ser director del museo, Walter Reich escribió un guión para el fraudulento From Time Immemorial de Joan Peters, que alegaba que Palestina estaba literalmente vacía antes de la colonización sionista.[132]

Bajo la presión del Departamento de Estado, Reich se vio forzado a renunciar por haberse negado a invitar a Yasir Arafat, convertido en obediente aliado norteamericano, a visitar el museo. Habiéndosele ofrecido el puesto de subdirector, el teólogo del Holocausto John Roth fue después presionado a renunciar por sus anteriores críticas a Israel. Al repudiar un libro (que el museo originalmente había apoyado) porque incluía un capítulo crítico de Israel del prominente historiador israelí Miles Lerman, el presidente del museo afirmó: “Poner a este museo en el lado opuesto a Israel – es inconcebible”[133]

En la secuela de los horrendos ataques de Israel al Líbano en 1996, que culminaron en la masacre de más de cien civiles en Qana, Ari Shavrit, columnista del Haaretz, observó que Israel podía actuar con impunidad porque “tenemos a la Liga Anti-Difamatoria … y a Yad Vashem y al Museo del Holocausto”[134]

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